La rebelión de la propiedad privada que cambió la historia de China

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El principio del fin de las políticas económicas maoístas lo marcó una rebelión de la que rara vez escuchamos hablar.

Tras décadas de hambrunas y millones de muertos, los agricultores de 18 explotaciones de la localidad de Xiaogang firmaron un contrato con el que se comprometían a abandonar el sistema de producción planificada que dictaba el régimen comunista desde Pekín.

En 1978, este acuerdo supuso el fin de la división comunal de las tierras y el inicio de la asignación de propiedad privada a los agricultores de la zona. El acuerdo iba frontalmente contra el dictado de las leyes comunistas, pero el caos en el que se movía el régimen tras el fallecimiento de Mao ayudó a frenar la represión, hasta el punto de que otros pueblos imitaron el experimento de Xiaogang y empezaron a abandonar la propiedad colectiva en favor de un sistema que, de facto, instauraba la propiedad privada.

Desde entonces, el régimen comunista se ha visto obligado a abrir la economía y a introducir dinámicas de mercado. El resultado: una espectacular reducción de la pobreza y una mejora generalizada de las condiciones de vida de los chinos. Ahora, en 2015, el sistema entra en la encrucijada y la respuesta sigue siendo la misma: más propiedad privada, más capitalismo y menos intervención estatal.

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