La Economía que viene

Decía Schumpeter que el éxito del sistema capitalista es inseparable de su proceso más esencial: la “destrucción creadora“. El economista austriaco designaba así el proceso mediante el cual la economía se transforma, se adapta y evoluciona hacia nuevos paradigmas marcados por un mayor grado de innovación y productividad.

La “destrucción creadora” tiene dos caras: la destrucción y la creación. El resultado neto de ambos fenómenos es positivo para la sociedad, que se beneficia de una estructura productiva más eficiente, competitiva y avanzada. Sin embargo, el cambio necesario para que el sistema capitalista renueve poco a poco su piel exige un proceso de ajuste que acarrea escenarios complejos, como por ejemplo el eventual aumento del paro.

Aquellos sistemas económicos que se nutren de la destrucción creadora consiguen acelerar la creación y minimizar el impacto negativo de la destrucción. Hablamos de esquemas cercanos al concepto de “antifragilidad“, desarrollado por el ensayista, profesor e inversor Nassim Taleb. Estos modelos a los que alude el autor de “El Cisne Negro” se enriquecen de forma progresiva porque son capaces de absorber la destrucción de forma menos traumática, alimentando y potenciando las fuerzas innovadoras de la creación.

Considerando todo lo anterior y centrándonos en las próximas décadas, parece evidente que la tensión entre destrucción y creación va a ser un tema recurrente en los grandes debates políticos, económicos y sociales de los países desarrollados. La globalización económica y la innovación tecnológica, dos fuerzas espontáneas que han generado un notable nivel de progreso y bienestar, caminan a una velocidad poco asumible para aquellas sociedades que confían en que su riqueza futura está garantizada.

He aquí el gran problema de nuestro tiempo. Muchas de las potencias económicas del siglo XX observan ahora con recelo al mismo sistema económico que, desde la Revolución Industrial hasta finales del siglo XX, les convirtió en las sociedades más ricas y prósperas jamás conocidas. Ese bienestar exclusivo es ahora compartido con las economías emergentes que se han sumado al “boom” capitalista. De repente, el liderazgo de Occidente se vuelve más frágil, disparando la desconfianza ante el mercado.

A título individual, la reacción ante este dilema bien puede dividirse en dos actitudes:

– Por un lado están aquellos que quisieran detener la globalización económica y frenar la innovación tecnológica para mantener un paradigma en el que la economía de mercado sufre un alto grado de control por parte del Estado. Esta es la visión habitual entre las viejas fuerzas que antaño agrupaba el socialismo y que hoy se reparten bajo diferentes paragüas ideológicos, todos ellos presentes en los movimientos cercanos a las ideas de los “indignados”.
– Por otro lado están aquellos que, bien por convicción o bien por resignación, entienden que la globalización económica y la innovación tecnológica están aquí para quedarse. Entre este segundo grupo, la respuesta al cambio pasa por el cultivo de la “antifragilidad“, lo que se traduce en un  esfuerzo de reconversión profesional que comprende la actualización de la formación, el aumento del auto-empleo, la adquisición de nuevas habilidades…

A nivel colectivo, las respuestas vuelven a dividirse en dos grandes categorías:

– Por un lado están aquellas sociedades en las que se opta por reprimir estos procesos de cambio mediante los mecanismos del “Estado del Bienestar”.
– Por otro lado están aquellos países que flexibilizan su economía y aligeran sus costes para permitir que la destrucción sea más rápida y la creación genere más riqueza.

Los primeros van a un escenario de continuas tensiones sociales, ya que el freno a la creación de riqueza impedirá que las políticas de la redistribución sigan avanzando. Los límites naturales del endeudamiento acabarán dinamitando el invento, obligando en última instancia a seguir el camino de los segundos, iniciado mucho antes y basado en introducir un mayor grado de libertad en la economía.

Tarde o temprano, unos y otros llegan al mismo escenario: la “destrucción creadora” acaba imponiéndose y la economía del siglo XXI lleva al capitalismo a un escenario de mucho mayor estrés competitivo. Esto puede alimentar una mayor desigualdad de ingresos, si bien el motivo para este cambio de tendencia no lo encontraremos en los estudios de Thomas Piketty sino en la lógica de mercado descrita por Ed Conard.

Para aprovechar lo bueno y mitigar lo malo de ese nuevo escenario económico, los dirigentes políticos españoles deben concentrarse en los siguientes ejes de acción:

– Para impulsar una reindustrialización efectiva, es imprescindible reducir los costes fiscales del trabajo y los altos precios de la energía.
– Para ayudar a que las reconversiones profesionales sean efectivas, es necesario cambiar por completo el mercado laboral y adoptar un sistema de contratación mucho más flexible.
– Para fomentar el aprovechamiento de las nuevas oportunidades económicas, es imperativo reducir el esfuerzo fiscal de los contribuyentes y desregular nuestros mercados.

Este artículo es el primero de una serie que pueden encontrar al completo aquí.

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