El caos monetario de Argentina y Venezuela

InfoBae habla de los nefastos resultados que están arrojando las malas políticas monetarias aplicadas en Argentina y Venezuela:

Hugo Chávez puso en vigencia el control de cambios para frenar una aceleración de la fuga de capitales en febrero de 2003, luego de que 2002 cerrara con una caída de reservas del 20 por ciento. Desde entonces se hizo casi imposible conseguir dólares. Su adjudicación, enteramente sujeta al arbitrio gubernamental, empezó a ser regulada por distintos sistemas que se fueron creando con los años.

Primero fue la Comisión de Administración de Divisas (Cadivi), que permite acceder a cierta cantidad de dólares -siempre menor a la demandada- a través de un complejo trámite. Luego se sumó el Sistema Complementario de Administración de Divisas (Sicad), a través del cual el Gobierno realiza subastas de dólares. La cotización oficial del dólar quedó durante mucho tiempo prácticamente congelada. Con una inflación sostenida por encima del 30%, que en 2013 llegó incluso a superar el 50%, lo que se logró fue apreciar artificialmente el bolívar, y así alentar las importaciones.

Cuando se implementó el control de cambios, el país importaba menos de 15.000 millones de dólares al año, pero en 2012 las compras venezolanas cerraron en un récord de 56.000 millones de dólares, según el Banco Central de Venezuela. Así, no debería llamar la atención que la política desarrollada para evitar la salida de dólares terminara, diez años después de su inicio, con una fuga total de 145.000 millones de dólares.

Esta situación creó un mercado paralelo de divisas al que deben acudir las personas que quieren viajar al exterior o hacer alguna compra de productos que no se venden en el país. El nivel de desajuste es tan grande, que la brecha entre el valor oficial y el paralelo llegó a ser del 1.000 por ciento.

El desatino de la administración de Nicolás Maduro llegó al punto de prohibir la difusión de la cotización del mercado negro, como si eso pudiera poner un punto final a su demanda. Con el objeto de detener la crisis cambiaria, el Gobierno anunció esta semana una reforma del sistema. Rafael Ramírez, vicepresidente del área económica, notificó sin nombrar lo que en los hechos es un desdoblamiento del tipo de cambio.

“Vamos a un nuevo sistema cambiario, estamos construyendo un sistema de bandas”, afirmó. El sistema de bandas es un híbrido entre un cambio fijo y uno flexible. Al momento de su aplicación, el Banco Central de Venezuela determinará el precio para el tipo de cambio nominal y fijará topes superiores e inferiores, dentro de los cuales se ubicará el valor del mercado secundario. Hoy, ronda los 11,30; casi el doble del oficial.

Ramírez explicó que los gastos con tarjetas de crédito, los viajeros, las líneas aéreas, las remesas familiares y las compras por internet pasarán a la tasa secundaria de 11,30. Mientras que las pensiones, jubilaciones, estudiantes y casos especiales se mantendrán en 6,30. Con este desdoblamiento, el Gobierno pretende bajar de 8.600 millones de dólares que iban destinados a estos sectores a 5 millones de dólares aproximadamente. “Esto no es una devaluación, es un sistema cambiario distinto”, se obstinó en sostener Maduro al defender la medida. Pero los economistas sostienen que en realidad se trata de eso.

Algo parecido hizo el jefe del Gabinete de Ministros de Argentina, Jorge Capitanich, al referirse a la abrupta devaluación del peso que se viene llevando a cabo en el último año, y que se aceleró en estos días. “No es una devaluación inducida por el Estado”, sostuvo el funcionario el mismo día en el que el peso registró su mayor depreciación en 12 años.

El caso argentino es muy similar al venezolano. La inflación aparece también como un factor determinante en el proceso. Con una tasa que año a año se ubicó por encima del 20% y que en 2013 rozó el 30%, pero un tipo de cambio casi congelado, la fuga de capitales comenzó a ser cada vez más pronunciada.

Para poner un freno a este problema, el gobierno de Cristina Kirchner siguió el ejemplo chavista, redoblar los controles sobre la economía. A partir de 2011 estableció un sistema que hizo casi imposible comprar dólares para los ciudadanos, llamado popularmente “cepo cambiario”. Entre otras cosas, prohibió la compra de dólares para atesoramiento y estableció un recargo del 35% para las compras con tarjeta de crédito en el exterior.

La consecuencia fue exactamente la misma que en Venezuela: la profundización de la salida de dólares. Desde su implementación, las reservas internacionales cayeron más de 20.000 millones de dólares, hasta su nivel más bajo en siete años. Además se disparó el precio del mercado de divisas paralelo, cuya brecha con el oficial llegó en su momento al 100 por ciento. Esto obligó al Gobierno a acelerar el ritmo de devaluación.

La incertidumbre generada por los movimientos en la plaza cambiaria provocaron que Capitanich anunciara una flexibilización de las restricciones a la compra de divisas. Entre otras cosas, anunció que volvería a habilitar la adquisición para ahorro y que el recargo a las transacciones con tarjeta de crédito bajaría de 35 a 20 por ciento. Este anuncio, al igual que el de Ramírez para Venezuela, no es por ahora más que una declaración. En su puesta en práctica se verá si efectivamente constituye un viraje en la política cambiaria que se venía aplicando. Entonces podrá evaluarse si es una medida exitosa, capaz de frenar la sangría de dólares. O si, como las políticas implementadas hasta ahora, terminará teniendo el efecto contrario.

Manuel Llamas también analiza la situación de Argentina y Venezuela en Libre Mercado:

Argentina y Venezuela han caído en la hiperinflación (subidas de precios de más del 50%) y, de mantener la actual senda, galopan directos hacia el caos económico y social. La fuerte devaluación que han sufrido sus respectivas monedas en los últimos días es tan sólo un reflejo de los profundos y graves problemas estructurales que padecen ambos países como consecuencia de las políticas populistas aplicadas en la última década.

En este sentido, el kirchnerismo y el chavismo son dos caras de una misma moneda, llamada “peronismo” en el caso argentino y “socialismo del siglo XXI” en el venezolano, cuyo denominador común es un estatismo exacerbado con la excusa de combatir el malvado capitalismo.

Sus economías, otrora ricas y desarrolladas, son hoy meras potencias emergentes en constante y creciente declive, cuyo posible colapso amenaza con golpear a sus principales socios comerciales en América Latina, pero también a las grandes empresas españolas con una elevada exposición a ambos países. El Ibex perdió más de un 3,6% este viernes debido, precisamente, a las fuertes turbulencias monetarias que ha registrado Argentina en los últimos días.

Entre el pasado miércoles y jueves, el peso argentino ha sufrido su mayor devaluación en el mercado oficial (regulado por el Estado) desde la quiebra soberana de 2002, tras abandonar la paridad cambiaria de 1 peso-1 dólar. El valor del peso se desplomó más de un 12%, hasta rondar el umbral de 8 pesos por 1 dólar, debido a que el Banco Central de Argentina decidió no intervenir el mercado durante algunas horas. Y si no bajó más fue porque la autoridad monetaria optó, finalmente, por estabilizar su valor, vendiendo unos 100 millones de dólares de sus reservas para comprar pesos.

Se trata de la mayor depreciación intradía que sufre su moneda desde los tenebrosos días del default, hace ahora 12 años. Pero si ésta no se ha producido antes es, simplemente, porque Argentina vive desde entonces bajo el yugo de una fuerte intervención monetaria que fija el tipo de cambio artificial muy por encima del valor real del peso (el que le otorga el mercado, no el Gobierno).

Fijémonos en el tipo de cambio oficial: el Estado ha ido devaluando el peso poco a poco, pero de forma creciente, en los últimos años; no obstante, cuando a finales de enero han empezado a escasear las reservas, hemos visto que la fluctuación más o menos libre de la moneda ha llevado a su desplome.

Si en 2009 comprar un dólar costaba tres pesos, a principios de 2013 valía casi 5 y ahora ya ronda los 8 por cada billete verde. Y esto en cuanto al cambio oficial, ya que en el mercado extraoficial (en la calle) el denominado dólar blue cotiza por encima de los 13 pesos. Es decir, pese a la devaluación, el valor real del peso es todavía muy inferior al oficial.

Todo ello se traduce en una fuerte inflación, que el Gobierno sitúa en el 10%, mientras que otros economistas la elevan al 30% e incluso algunos expertos independientes la colocan por encima del 60% interanual, tasas propias de un proceso hiperinflacionario.

La razón de esta brusca depreciación monetaria estriba en la política económica seguida por el Gobierno de los Kirchner: nacionalización de industrias y empresas (la expropiación de la petrolera YPF es un claro ejemplo), fuerte e intenso intervencionismo estatal en todos los ámbitos de la economía, un aumento muy sustancial del gasto público y los impuestos y, sobre todo, un creciente proteccionismo comercial. Un particular cóctel, muy similar al venezolano, que ha tenido como resultado la caída de la producción nacional y una inflación cada vez más elevada, consecuencia de una suicida política monetaria para respaldar al Gobierno.

El PIB argentino se está frenando de forma brusca, mientras que su sector exterior lleva tiempo en números rojos. Su balanza por cuenta corriente registra el déficit más alto desde 2001, en tiempos de la convertibilidad con el dólar, como consecuencia del deterioro de sus exportaciones y el fuerte incremento de las importaciones. Esto significa que los argentinos consumen más de lo que producen y, por tanto, necesitan un mayor volumen de divisas para importar bienes y pagar su deuda externa, así como para defender artificialmente su tipo de cambio oficial con el objetivo de ocultar la inflación real a la opinión pública.

Y puesto que Argentina no ingresa el volumen de divisas suficiente mediante sus exportaciones o la producción de petróleo, su Gobierno intenta a toda costa restringir las importaciones a su población (proteccionismo) y atesorar la máxima cantidad de dólares posible, limitando su circulación (cepo cambiario) y evitando la salida de divisas del país (control de capitales).

Pero como es imposible corregir un error con otro mayor, su estrategia ha fracasado estrepitosamente. Prueba de ello, es que sus reservas internacionales se han desplomado hasta mínimos de 2006, por debajo de los 30.000 millones de dólares. En los últimos tiempos, su Banco Central se ha gastado una media de 1.000 millones de dólares al mes en la compra de pesos para evitar el derrumbe de su moneda nacional, pero ante el riesgo evidente de agotar sus reservas ha optado por no intervenir durante un par de días en el mercado oficial, propiciando así la devaluación observada desde el miércoles.

Con este cambio de política, el Gobierno pretende encarecer las importaciones y abaratar las exportaciones argentinas, a costa, eso sí, de empobrecer un poco más a su población. Pero el problema de fondo sigue siendo su decreciente competitividad económica y el excesivo peso de su Estado, con lo que la devaluación oficial servirá de poco. La creciente desconfianza de los argentinos hacia su moneda, el proteccionismo y la escasez de reservas acrecientan el riesgo hiperinflacionario e incluso un escenario de estanflación (recesión y elevada inflación).

Su aliado venezolano está incluso un paso por delante. El régimen bolivariano que ahora preside el sucesor de Hugo Chávez, Nicolás Maduro, ha empezado a sufrir graves problemas de desabastecimiento y escasez tras la imposición de rígidos controles de cambio y la fijación de precios por ley.

Primero fue el papel higiénico y otros productos básicos, después llegaron los asaltos a tiendas, la expropiación automática de comercios, la imposibilidad de vender billetes de avión y ahora la ausencia incluso de alimentos en las estanterías. El Grupo de Empresas Polar, principal empresa venezolana privada de elaboración de alimentos y bebidas, anunciaba que sus proveedores extranjeros de comida y equipos han dejado de suministrarle porque el Gobierno venezolano no le está facilitando dólares al tipo de cambio oficial con el que poder pagar a los proveedores.

Venezuela  también se está quedando sin dólares, a pesar de disponer de abundante petróleo, ya que sus reservas internacionales se han desplomado a mínimos de 10 años. La desconfianza es total. Nadie quiere bolívares. Los venezolanos sólo buscan dólares, euros o bien oro. El valor del bolívar no encuentra suelo: el tipo de cambio oficial es de 6,3 bolívares por dólar y de 11,36 para los turistas extranjeros, pero su cambio real en el mercado negro es de casi 80 bolívares por dólar. Los analistas también prevén fuertes devaluaciones del cambio oficial a corto plazo en el vecino paraíso socialista.

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