Saldremos de la crisis… a pesar del gobierno

A continuación recojo tres enlaces a una serie de artículos que he publicado en La Gaceta dedicados a analizar la recuperación económica española. Mi tesis es la siguiente: España está levantando cabeza gracias al esfuerzo del sector privado, pero las políticas de los últimos años actúan como un obstáculo en vez de como un catalizador del ajuste.

1. Salir de la crisis… a pesar de los políticos (I).
2. Salir de la crisis… a pesar de los políticos (II).
3. Salir de la crisis… a pesar de los políticos (III).

Pueden leer el ensayo al completo a continuación:

Salir de la crisis… a pesar de los políticos

I

A base de esquivar crisis a golpe de devaluaciones, España desarrolló durante décadas una economía poco competitiva y flexible. Ese inmovilismo se acabó con el euro, ya que la moneda única nos ha alejado del envilecimiento monetario, actuando como una “camisa de fuerza” benigna que nos empuja por el camino de los ajustes estructurales.

El “pinchazo” de la “burbuja” inmobiliaria dio el pistoletazo de salida a este cambio de paradigma. Desde la esfera pública, los legisladores españoles intentaron frenar el necesario proceso de reconversión mediante planes de gasto que no solamente distorsionaron la reordenación de los factores productivos, sino que además empeoraron el cuadro fiscal, generando una crisis de deuda y déficit.

Estos obstáculos creados por la política podían haberse evitado. Para el año 2009, España habría cumplido con el objetivo de déficit público si se hubiesen reducido los presupuestos un 8%. Congelar el gasto habría dejado el descuadre en niveles del 7-8% del PIB. No obstante, la aprobación de diferentes “planes de estímulo” disparó la diferencia entre ingresos y gastos a niveles superiores al 11% del PIB. Desde entonces, el déficit público ha superado los 100.000 millones de forma sistemática; como consecuencia de esta falta de austeridad, la deuda pública ha pasado de menos del 40% a niveles del 100% del PIB.

El despilfarro de dinero público durante esta crisis ha sido más que notable. Incomprensiblemente, la plantilla de empleados públicos siguió engordando hasta bien entrada la crisis, manteniéndose hoy en niveles superiores a los de los años de la “burbuja”, cuando los ingresos tributarios tocaban máximos históricos.

Mientras tanto, las reformas estructurales encaminadas a limitar el gasto público brillaron por su ausencia. En suma, encontramos que los presupuestos de las Administraciones crecieron del 39% al 47% del PIB desde el estallido de la Gran Recesión.

A esta falta de austeridad pública se une el castigo fiscal que han asestado los legisladores a empresas y familias. Basta con echar un vistazo a las medidas recaudatorias de los últimos años para comprender por qué la recuperación sigue sin materializarse. Veamos:

– A nivel nacional, los gobiernos de Zapatero y Rajoy han aumentado el IRPF, el Impuesto de Sociedades, el IVA, los “impuestos especiales”… Solamente entre 2012 y 2013 se aprobaron más de 30 aumentos de la presión fiscal;
– A nivel regional, las Comunidades Autónomas han adoptado más de 120 subidas de impuestos y tasas;
– A nivel local, la gran mayoría de los Ayuntamientos han revisado al alza sus tributos, especialmente el IBI pero también otros gravámenes municipales.

En suma, el esfuerzo fiscal de los españoles es un 20% superior al del resto de Europa, como confirman los propios técnicos de Hacienda y los informes de la Asociación Española de Asesores Fiscales y Gestores Tributarios. El trabajador medio paga 8.667 euros al año a Hacienda, por lo que dedica la mitad de sus ingresos anuales a cumplir con el fisco. La fiscalidad del trabajo despoja a los trabajadores del 42% de su sueldo, y las cotizaciones sociales son un 35% más caras que en los países de la OCDE.

Semejante panorama tributario ha distorsionado, obstaculizado y retrasado el ajuste que ya de por sí tenía que realizar el sector privado para depurar los excesos del ciclo alcista. ¿Había alternativa? Desde luego: así lo demuestran otros países de nuestro entorno como Alemania, Estonia o Suecia… donde buena parte de las políticas económicas se han centrado en recortar el gasto público y flexibilizar la economía.

LA IMPORTANCIA DE LA INTERNACIONALIZACIÓN

Aunque parezca un milagro, todo lo anterior no ha impedido que el sector privado lleve a cabo un intenso proceso de desapalancamiento y reconversión. Si en los años de la “burbuja”, llegamos a acumular un déficit por cuenta corriente superior al 10% del PIB, entre enero y agosto de 2013 se ha registrado un superávit acumulado de más de 2.600 millones de euros.

Un elemento central de este vuelco son las exportaciones: antes de la crisis, su ritmo de expansión anual ya era más alto que el de otras grandes economías europeas, alcanzando niveles del 5%… pero las importaciones avanzaban más rápido, con alzas anuales del 7%. Hoy, en época de vacas flacas, el impulso de internacionalización de nuestros bienes y servicios ha seguido creciendo: ya significan el 35% del PIB, un aumento de diez puntos porcentuales en apenas un lustro.

Mención aparte merece el turismo, que acumula tres años de intenso crecimiento desde 2011. Entonces se dijo que el salto adelante era coyuntural, debido a la “Primavera Árabe”. Hoy parece evidente que no es así; de hecho, en 2013 se ha batido el récord histórico en cuanto al volumen total de visitantes extranjeros. ¿Podemos seguir mejorando? Desde luego: un ejemplo lo tenemos en la Comunidad de Madrid, donde la liberalización de horarios comerciales ha ayudado a disparar el gasto de los turistas extranjeros casi un 30%.

El aumento de las exportaciones va de la mano de una creciente diversificación geográfica de las ventas, al calor del auge de las economías emergentes. El crecimiento en Brasil es del 115%, alcanzando el 75% en China, el 65% en Turquía… No obstante, también vendemos más en países de altos ingresos: un 140% más a Australia, un 115% más a Singapur o un 90% más a Suiza. A nivel europeo, España gana cuota exportadora en detrimento de las grandes economías del viejo continente, cuyo peso relativo cae.

Con estos datos comprobamos que España no necesita una devaluación del euro para ser competitiva. Además, es importante explicar que no es cierto que el vuelco en la balanza comercial se esté dando gracias al hundimiento de las importaciones. De hecho, más de dos tercios del vuelco están relacionados con el aumento de las exportaciones, mientras que las importaciones solamente han retrocedido a niveles de 2010.

Un punto central para ensanchar y profundizar la base de empresas exportadoras es el necesario “engorde” de nuestro sector privado. En nuestro tejido productivo abundan las empresas de reducido tamaño, lo que aumenta la vulnerabilidad ante ciclos recesivos. Desarrollar empresas más grandes fortalecerá la productividad y la innovación al tiempo que impulsará la internacionalización del negocio.  Para conseguir el “engorde” de estas compañías, necesitamos acabar con los obstáculos regulatorios que impiden la unidad de mercado a nivel nacional y europeo; además, también será necesario tumbar otros impedimentos como la excesiva fiscalidad que soportan las empresas.

II

La primera parte de esta trilogía mostró la falta de austeridad pública y de la creciente internacionalización de la economía española. Toca ahora analizar otras cuestiones, empezando por nuestro sector bancario.

A lo largo de la historia, numerosos estudios han puesto sobre la mesa el fiasco de la banca pública. No obstante, antes del estallido de la crisis, la  presencia directa de la política en el sector financiero español era más que notable. Las turbulencias vividas desde 2007 volvieron a confirman la inconveniencia de este paradigma: no es casualidad que los activos más tóxicos de la “burbuja” estuviesen en manos de las cajas de ahorro, entidades controladas por la política.

De hecho, las cajas extendieron el crédito “subprime” de forma mucho más intensa y arriesgada que los bancos privados. Quizá por eso, buena parte de las cajas han desaparecido en apenas un lustro, mientras que el resto de entidades de nuestro sector financiero mostró mucha más resistencia.

En 2008, España tenía más de 50 entidades financieras en funcionamiento, pero el derrumbe de las cajas ha reducido el número total de instituciones bancarias a menos de veinte. A corto y medio plazo, la venta de las participaciones que aún retiene el Estado en diversas entidades financieras que fueron intervenidas permitirá certificar la defunción de la banca pública en España, con la salvedad de algunas cajas de ahorro de tamaño reducido y de nuevos experimentos que, por desgracia, no podemos descartar.

Hace años, semejante proceso de reordenación financiera habría parecido impensable. No obstante, hoy podemos decir que buena parte de la banca pública ha sido liquidada debido al “shock” que supuso el pinchazo de nuestra “burbuja”.

¿Significa esto que la reconversión de nuestro sector financiero se ha producido de modo ejemplar? Desgraciadamente no es el caso: España ha optado por inyectar dinero público en el sistema financiero, cuando la alternativa superior habría consistido en desarrollar “rescates privados” a través de los siguientes procesos:

– Venta de participaciones y activos por parte de las entidades en dificultades;
– Emisión de bonos convertibles contingentes (CoCos);
– Desarrollo de fusiones con criterio de mercado y sin asistencia financiera por parte de las Administraciones;
– Subasta de entidades, a nivel nacional e internacional;
– Conversión de deuda en acciones (“bail-in”).

 

Por otro lado, quedan retos y asuntos pendientes de resolución. ¿Qué ocurrirá cuando el Banco Central Europeo reduzca sus medidas extraordinarias y recupere políticas monetarias más tradicionales?, ¿qué rumbo seguirán los procesos de desnacionalización de entidades financieras?, ¿qué cabe esperar del “banco malo” al que se han transferido activos tóxicos de los bancos?

NECESARIO DESAPALANCAMIENTO

En los años de la “burbuja”, el ritmo de crecimiento del crédito superaba ampliamente la ratio de crecimiento de la economía. La excesiva deuda asumida por el sector privado en estos años ha obligado a empresas y familias a asumir un importante proceso de desapalancamiento. La respuesta ha estado a la altura: en 2008, las empresas y las familias sumaban el 82% de la deuda total, mientras que en 2013 ya solamente suponen el 65%.

Es importante, eso sí, desmentir que la deuda empresarial española llegó a estar en cotas insostenibles. Por ejemplo, aunque las empresas del Ibex 35 han aumentado su deuda privada en términos absolutos, su peso relativo apenas ha cambiado en la última década. Esto se debe a los negocios internacionales adquiridos con esta deuda adicional. Tomemos el caso de Telefónica: aunque la compañía asumió una mayor deuda, lo ha hecho para comprar operadoras de peso en países como Brasil o Reino Unido.

Mientras tanto, las Administraciones Públicas han multiplicado sus obligaciones de forma alarmante. Las obligaciones del Estado significaban menos del 40% del PIB en 2007, pero en la actualidad se sitúan en el entorno del 100% del PIB. Poniendo la deuda pública en perspectiva, vemos que ahora supone el 35% del endeudamiento total, frente al 18% registrado en 2008.

Numerosos informes apuntan que el proceso de reducción de deuda privada seguirá desarrollándose en 2014. No obstante, también existe un consenso bastante generalizado a la hora de apuntar que el próximo ejercicio estará marcado por tasas de crecimiento positivas. Esto desmiente otra falacia de uso común: aquella que mantiene que el crédito debe “volver a fluir” para que España salga de la crisis.

Sobre este punto, es importante recordar los trabajos de Stijn Claessens, M. Ayhan Kose y Marco E. Terrones. Los tres economistas analizaron el periodo 1960-2007 en busca de crisis financieras, “burbujas” inmobiliarias y desplomes bursátiles ocurridos en las economías de la OCDE. Tras estudiar decenas de ejemplos, los tres economistas detallaron en un informe publicado por el Fondo Monetario Internacional que “la experiencia muestra que la salida de las fases recesivas se produce cuando el crédito aún se está contrayendo”. Sobre este punto, cabe señalar que el PIB del sector privado ya está creciendo en 2013 y se expandirá más en 2014, pese a la menor financiación disponible. Comparemos esto con los años de la “burbuja”, donde necesitábamos tres euros de deuda para aumentar el PIB en un euro…

Eso sí: es importante subrayar que buena parte de la caída del crédito a empresas y hogares tiene que ver con el “efecto expulsión” que causa el aumento de la deuda pública. Esto es especialmente grave porque el sector empresarial español tiene una excesiva dependencia del crédito bancario. Entre 2000-2010, las entidades financieras aportaron, de media, el 73% del crédito otorgado a nuestras compañías. La cifra es mucho mayor que el 57% de Alemania, el 45% de Francia, el 34% de Reino Unido o el 31% de Estados Unidos.

En adelante, España debe desarrollar nuevas fórmulas de financiación empresarial: fondos de inversión, firmas de capital riesgo, ángeles inversores, mercados de valores alternativos… Una de las principales ventajas de la financiación de mercado es que su aporte a las empresas no siempre se traduce en deuda, sino que a menudo se materializa en forma de capitalización, lo que aumenta la inversión al tiempo que reduce el endeudamiento. Por otro lado, estos vehículos alternativos de financiación reducen la dependencia empresarial de las entidades financieras y aumentan la profundidad y el dinamismo de nuestros mercados de capitales.

III

Comencé esta trilogía de textos hablando de los desajustes fiscales de España y de la mayor internacionalización de nuestras empresas. La segunda entrega habló de nuestro sistema financiero y del necesario proceso de desapalancamiento que ha asumido nuestro sector privado. Llega ahora el momento de abordar la ganancia de competitividad que está experimentando España.

A nadie escapa ya que, pese al aumento de los costes laborales en los años del “boom”, la recesión está invirtiendo esta tendencia. En este sentido, cabe recordar que la reforma laboral de 2012 introdujo cierto grado de flexibilidad a la hora de apostar por la moderación salarial como mecanismo de ajuste. Hablamos, por tanto, de una medida acertada, si bien incompleta por tímida.

Hoy, España tiene un coste laboral unitario de 21 euros por hora trabajada frente a los 28 de Italia o los 31 de Alemania. Es interesante señalar que el ajuste del coste laboral se produce mientras España aumenta su ratio de productividad un 12% desde 2008. También debemos apuntar que el volumen de horas trabajadas de los trabajadores españoles mayor que el de otros países de nuestro entorno.

Considerando todos estos factores, podemos decir que nuestro mercado laboral empieza a resultar más atractivo y dinámico. No obstante, quedan retos pendientes que no pueden ser ignorados si queremos consolidar los avances conseguidos. Al fin y al cabo, seguimos teniendo a un número insoportable de españoles sin trabajo. Pensando especialmente en ellos, hay dos reformas que conviene implementar:

– Con más de cuarenta tipos de contratos, es urgente adoptar una reforma que simplifique radicalmente el marco normativo actual. En este sentido, España debería avanzar hacia un modelo que mezcle el “contrato único” con el “contrato libre” voluntario.
– Para reducir el precio fiscal del trabajo y evitar que el ajuste del coste laboral se vuelque hacia los salarios, sería conveniente una rebaja de las cotizaciones sociales, cuyo impacto tributario en España es un 35% mayor que en la media de la OCDE.

 

Estas dos reformas no solamente pueden acelerar la creación de empleo, sino que también ayudarían a “sacar a flote” la economía informal. Tal y como ha explicado el profesor Friedrich Schneider, dos factores fundamentales a la hora de explicar la evolución de la economía “sumergida” son las leyes y condiciones legales de contratación y la evolución de los impuestos.

MIRANDO AL FUTURO

Los datos de crecimiento, los índices de inversión o los indicadores sintéticos de actividad parecen respaldar la idea de que España ha dejado atrás la recesión y ha entrado en una zona de débil crecimiento. La Bolsa acumula meses de euforia alcista. La inversión extranjera directa sube intensamente. Todo esto confirmaría, aparentemente, que el ajuste privado está logrando compensar el daño causado por los legisladores.

Esto puede servir como acicate a quienes niegan la necesidad de reformar en profundidad las estructuras de nuestras administraciones. Ante esa tentación de inmovilismo debemos ser claros: si queremos una recuperación efectiva, vamos a tener que reducir el gasto público significativamente, replegar la presión fiscal de forma profunda y aumentar el grado de liberalización de nuestra economía. Por decirlo de otra manera, necesitamos capitalismo, capitalismo y más capitalismo.

Adoptar (o no) estas medidas marcará la diferencia entre conseguir una recuperación “light” o registrar potentes tasas de crecimiento que devuelvan a nuestra economía las cotas de prosperidad perdidas en los últimos años. En todo este proceso, el euro será nuestro aliado y nuestro escudero: por mucho que la política del Banco Central Europeo esté lejos de ser óptima, ya no podremos volver a ser el país que solamente sabía capear las crisis devaluando su moneda.

Teniendo en cuenta todo lo anterior, podemos mirar hacia el futuro con las ideas claras. Sí, saldremos de la crisis… pero será pese a los muchos obstáculos que los políticos han dispuesto en el difícil camino de la recuperación económica.

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