¿Un sistema de capitalización para las pensiones españolas? Algunos cálculos

El Instituto Juan de Mariana publicó en 2006 un estudio, titulado “Una sociedad de propietarios”, en el que se estima cuál podría ser el resultado de instaurar en España un sistema de pensiones de capitalización/ahorro individual. Pueden leer el texto al completo aquí.

La superioridad de la capitalización compuesta gravita en su capacidad de multiplicar el capital en progresión geométrica. Un ejemplo facilitará la comprensión. Suponemos a un trabajador que empiece con el hábito de ahorro e inversión a una edad temprana, a los 25 años, y que separe anualmente en media 12.000 euros (2 millones de pesetas) durante los siguientes 15 años, con el fin de capitalizarlos. Al principio, esto le resultará más complicado al ser un empleado joven, pero podría compensarse si está viviendo en el hogar de sus padres y por tanto tiene menos gastos (además de no tener cargas familiares). Si en los primeros años de empleo no pudiera ahorrar todo este monto, lo podría contrarrestar con subidas futuras de sueldo. Tras los 15 años de ahorro anual de 2 millones de ptas. (12.000 euros), si su inversión capitaliza a un 10% nominal (este porcentaje es algo inferior a la revalorización de la Bolsa de Madrid de los últimos 20 años), dispondrá de un patrimonio de 63 millones y medio de ptas. con 40 años, lo que, ajustado a un 3% de inflación anual promedio, se quedaría en algo más de 50 millones de las pesetas actuales.

Si a partir de los 40 años ya no pudiera aislar más ahorro anual debido, por ejemplo, a las responsabilidades familiares, esos 63,5 millones se convertirían en los siguientes 10 años, capitalizados también al 10% nominal anual, en 165 millones de pesetas corrientes, lo que, ajustado a la inflación (3%), se convertiría en 99 millones de pesetas con la capacidad de compra de hoy.

Con ello, a partir de los 50 años de edad, este individuo podría empezar a percibir una renta pasiva, por su patrimonio de 99 mill. de pesetas, de 7 millones de pesetas de hoy para su consumo anual, surgido de una revalorización del 7% anual de todo su capital.

En definitiva, el individuo dispondría, a partir de los 50, de alrededor de 42.000 euros al año (de euros constantes) de rentas pasivas o vitalicias para consumo propio sin necesidad de trabajar, si este fuera su deseo. Si no, cuando menos, podría dedicar parte de su tiempo al ocio o a aquella inquietud, empresa propia o trabajo por cuenta ajena, que considere más provechosa para llevar a buen puerto sus intereses personales o su propia realización.

Recordemos que este ejemplo está realizado con una hipótesis realista–conservadora de un 10% nominal de rendimiento anual de las inversiones, inferior a la media de revalorización del Ibex-35 de los últimos 20 años (desde la incorporación de España a la UE).

Con las siguientes tablas ilustraremos la bondad de la capitalización compuesta:

Patrimonio formado tras n años de imposiciones fijas constantes de 2 mill. ptas. (12.000 euros)

Se plantean diversos escenarios en función del tipo de interés real obtenido (todos los resultados obtenidos en pesetas constantes suponiendo una 3% inflación anual).

Rentas pasivas (vitalicias)
Fuente: elaboración propia empleando la fórmula de cálculo del valor final de una renta (compuesta)
constante (C) a un tipo de interés real fijo (t.r.) durante n años: C.[(1 + t.r.)n – 1] / t.r.

Rentas pasivas (vitalicias) provenientes del patrimonio acumulado tras dejar de realizar nuevas imposiciones
Rentas pasivas (vitalicias)
Fuente: elaboración propia a partir de la Tabla 5 (se aplica un 7% a cada celda de la Tabla 5).

Como se puede observar a partir de los escenarios de las tablas 4 y 5, cualquier familia que capitalice un ideal de 12.000 euros al año y obtenga una rentabilidad promedio real del 7%, lo que es coincidente con las revalorizaciones medias históricas de los índices bursátiles, tendría garantizada una renta vitalicia a partir de los 15 años de comenzar a trabajar suficiente para ir reduciendo su jornada laboral, mejorar su formación, buscar un nuevo y más gratificante empleo o aumentar su dedicación a la familia y al ocio, garantizándose asimismo una jubilación superior a la pública ofrecida en la actualidad, incluso en aquellos tramos más altos. Esta renta vitalicia, que puede alcanzarse a una edad más temprana a la de jubilación, da una idea de la posibilidad de obtener una renta no vinculada al sueldo, lo que convierte al ciudadano medio en mucho más libre y menos subordinado a los vaivenes del empleador y del Estado.

Caso de que obtenga rentabilidades algo mejores que ese promedio por sus habilidades financieras, las rentas alcanzan niveles muy notables, pudiéndose contemplar escenarios como un buen retiro inclusive en la edad adulta.

Se ilustrará a través de los siguientes escenarios –los cuales son menos ambiciosos que los anteriores– cómo aquellos colectivos que, aun sin estar en disposición de apartar montos cercanos a los 9000 o 12000 euros al año, pueden beneficiarse igualmente de la capitalización compuesta.

Patrimonio formado tras n años de imposiciones crecientes al 4% anual con una primera aportación de 700.000 ptas. (4.200 eur.).

Se plantean diversos escenarios en función del tipo de interés real obtenido (todos los resultados obtenidos en pesetas constantes suponiendo una 3% inflación anual).

Rentas pasivas (vitalicias)
Fuente: elaboración propia empleando la fórmula del valor final de una renta anual que crece en progresión
geométrica con una aportación inicial (C) que crece anualmente a una tasa q (si es un 4%, entonces 1,04) a un tipo de interés
real (t.r.) durante n años: C.[((1 + t.r.)n – q n) / (1 + t.r – q)]

Rentas pasivas (vitalicias) patrimoniales tras dejar de realizar nuevas imposiciones (sólo consumiendo rentabilidad del capital)
Rentas pasivas (vitalicias)
Fuente: elaboración propia a partir de la Tabla 7 (se aplica un 7% a cada celda de la Tabla 7).

La capitalización compuesta se aprovecha al máximo cuando las primeras aportaciones representan un monto considerable. Sin embargo, para el caso mencionado en que el individuo o familia no pueda realizar imposiciones tan elevadas por no contar con una situación económica acomodada, ofrecemos este ejemplo (Tabla 7 y Tabla 8), donde existe una aportación inicial de 700.000 ptas. y las sucesivas contribuciones van creciendo conforme lo hacen los salarios. En el escenario descrito, se ha supuesto un 4% medio de revalorización salarial real anual (la aportación realizada en el año veinte rondaría el millón y medio de pesetas constantes), lo cual no es nada improbable conforme el individuo va siendo promovido dentro su empresa. Así, para disponer de unas rentas vitalicias notables, al individuo le convendrá prolongar sus aportaciones hasta unos 20 años. Igualando la media de los índices o mejorándola en un punto, el individuo o familia dispondría, en este caso, de unas 250.000 pesetas extras al mes. En cualquier caso, los hábitos de ahorro, de eliminación de gastos más triviales y de planificación y fijación de objetivos en las finanzas personales de estas familias serán de gran ayuda para que, aun no llegando a una renta vitalicia tan elevada como la de otros hogares, su nivel de independencia sí se vea acrecentado con las inversiones realizadas.

Pese a todo, puede darse el caso de que la familia quiera prolongar su período de aportaciones más allá de los 20 años. Para evidenciar el poder del interés compuesto y lo que esta familia puede conseguir, supongamos que lo prolonga durante 30 años. Para un trabajador que comienza a generar renta a los 25 años, esto le llevaría hasta los 55. Entonces, y suponiendo una tasa de interés real del 7 por ciento, lograría un capital de 102 millones de pesetas, que le reportaría una renta anual de más de 7 millones de pesetas. Si extendemos el plan hasta los 40 años, que comprende normalmente una vida laboral, de los 25 a los 65 años, y que es, además, el período que normalmente se está contribuyendo al régimen de Seguridad Social, el capital acumulado roza los 240 millones de pesetas que, a un tipo de interés del 7 por ciento, rentarían más de 16 millones y medio de pesetas, casi 1.400.000 pesetas al mes. Lógicamente, si el creciente conocimiento del mundo de la inversión le permite al ahorrador obtener mayores rendimientos, los resultados aumentarían muy notablemente.

Cualquiera que sea la edad tope de cese de las aportaciones, este comportamiento financiero, extendido a una buena parte de la población correspondiente con las clases media y alta (60%), generará grandes ventajas a toda la economía (como ya hemos analizado en profundidad en los apartados anteriores), incluyendo a los individuos menos acomodados. Un incremento en la inversión de las familias medias implica más capital privado en la economía, lo que, unido a la eliminación de barreras legislativas que debilitan la creación de empresas y contratación de nuevos empleados, así como la disminución o supresión de impuestos que penalizan el ahorro familiar y las rentas del trabajo, elevará la renta procedente del trabajo también para aquellos con ingresos más bajos; por un lado, por mejoras en las condiciones laborales y salariales y, por otro, por la menor voracidad fiscal. En la misma o siguiente generación, la práctica totalidad de la población podría sumarse plenamente al carro de la sociedad de propietarios.

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