Así hundieron los sindicatos la industria automovilística de Detroit

A continuación destaco varios párrafos de Adolfo D. Lozano sobre el derrumbe económico de la ciudad de Detroit. El artículo original está disponible aquí.

Detroit hoy parece poco menos que un campo de ruinas. La que en su día fue la cuarta ciudad más poblada de Estados Unidos, hoy cuenta con bastante menos de la mitad de habitantes que hace no muchas décadas (de superar los 2 millones a quedarse por debajo de 800.000 habitantes). Antaño ejemplo de la fortaleza económica de empresas automovilísticas como General Motors o Ford ubicadas allí, hoy Detroit es una ciudad fantasmal y rota, jungla de casas vacías que se venden hasta por un dólar, calles desérticas y espectrales sólo acompañadas por grafitis que maquillan la ciudad con historias de irremediables dramas.

En la actualidad, un desempleo del casi el 20% junto a unas tasas récord dentro del país en analfabetismo, pobreza y criminalidad suman un cuadro social de fracaso estrepitoso. Pero ¿cómo Detroit ha llegado hasta aquí? Aparte de muy abruptos cambios que solicitan explicaciones sociológicas como el paso de 84% de población blanca en los años 50, al 83% de población negra hoy, ¿qué podemos rastrear desde un punto de vista económico?

Decir que Detroit entró en crisis en tanto lo hizo la industria automovilística estadounidense es un cómodo recurso de autonegación de la realidad: muchas otras ciudades norteamericanas que prosperaron al albur del automóvil no están sufriendo semejante desgarro económico. Y para poder explicar por qué Detroit resultó tan afectada mientras otras ciudades “automovilísticas” están saliendo bastante airosas tras los cambios en el sector, debemos señalar con el dedo un primer y fundamental culpable: los sindicatos y una legislación hecha a su medida.

Debido a las rigideces laborables que forzaron los sindicatos, las compañías americanas como Ford o Chrysler estaban pagando salarios casi un 80% más altos a sus empleados en Detroit que en otros estados norteamericanos donde fueron instalándose competidores y empresas extranjeras de automóviles. Así, en 2008 se calculaba que por cada empleo creado en una compañía extranjera, Ford, General Motors y Chrysler destruían 6, la mayoría en Detroit. El aumento de los salarios de modo artificial y forzoso, las trabas a despedir trabajadores…fueron esenciales para hacer de Detroit una trampa económica.

Pensemos en el estancamiento social si los fabricantes de coches de caballos nunca hubieran podido despedir a sus trabajadores aun cuando la competencia de los coches a motor les convirtiera en fabricantes de productos que nadie quisiera ni deseara. Y quien dice carruajes dice gremios medievales o máquinas de escribir. Supondría congelarnos socialmente durante cada generación –al no poder una persona dejar su trabajo poco menos que sólo con su muerte. No hay nada más aterradoramente conservador y retrógrado que el intervencionismo sindical que desprecia el mercado y la libertad.

La otra parte corresponsable igualmente esencial para entender la tragedia de Detroit tiene nombre propio, y se llama Gobierno. Como comenta el economista Michael Rozeff, el Código Municipal de Detroit parece más bien el código de Satán por la gigantesca burocracia que requiere para comenzar cualquier tipo de actividad económica o intento de reconstrucción de la ciudad por particulares o empresas. Referente a los asfixiantes impuestos que anulan toda libertad económica posible, un estudio del Lincoln Institute de este año corroboró que Detroit sufre los impuestos a la propiedad más elevados de entre las 50 principales ciudades de Estados Unidos, lo cual se traduce en el doble de la media nacional. Ello por no hablar de los impuestos que el estado de Michigan, donde está Detroit, impone a la maquinaria. Es decir, si usted quiere montar una fábrica con maquinaria, el mensaje de la política económica de la ciudad es claro: váyase, por su bien, mejor a otra parte.

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