Tras la Resolución 1973

Tras las Resoluciones 1970 y 1973 del Consejo de Seguridad de la ONU, el consenso internacional ha apoyado una intervención en Libia y el análisis político ha quedado ahora en segundo plano, devolviendo la información militar y estratégica a la primera plana. El apoyo a la intervención aprobada por la ONU ha traducido en realidad los deseos expresados por organizaciones como la Unión Europea, la Union Africana, la Liga Árabe, la Conferencia Islámica… así como países como Estados Unidos, Reino Unido y sobre todo Francia han añadido presión en esta dirección, por lo que la “no intervención” ha dejado de ser una opción real y el análisis debe adaptarse a las nuevas circunstancias.

Anteriormente, he explicado que el conflicto merecía cautela y prudencia internacional. Tras una década de excesivo intervencionismo militar y numerosas tensiones multilaterales, el panorama global debe volver al principio de no intervención como ancla de toda política exterior. El Informe HIIK 2010 nos recuerda que hay 6 guerras y 50 conflictos violentos en activo, por lo que no se puede aspirar a perfeccionar totalmente un mundo con incontables ejemplos de anarquía.

Así pues, este nuevo escenario complicará más aún las cosas y abre nuevos interrogantes. Entre ellos:

  • En cuanto a estrategia, la elección de una intervención aérea obedece no solamente al mandato de la ONU, sino también al nivel de compromiso que EEUU, Francia y Reino Unido pueden brindar a la operación. Ninguno de los tres grandes actores que encabezan la operación desea involucrarse en la crisis libia más allá de la actual campaña aérea. Eso sí: todos los aliados entienden que una zona de exclusión aérea no es suficiente ni efectiva. Así pues, los ataques selectivos son irrenunciables para quienes han decidido intervenir en el país africano.
  • En cuanto a objetivos, el área occidental del país ha centrado gran parte del trabajo aliado, siendo el Norte del país el principal espacio de actuación Eso sí: como ya han afirmado algunos analistas y el mismo Robert Gates, la naturaleza limitada de la operación podría favorecer una cierta “partición” del país en dos.
  • En cuanto al contexto internacional, la ONU ha legitimado la operación tras semanas de inútil retraso. Esta falta de efectividad institucional complicará la resolución de la crisis así como la operación militar, que ahora se enfrenta a un panorama muy deteriorado para los rebeldes. Quienes reivindicamos una reforma muy exigente de la ONU hemos vuelto a ver nuestra posición legitimada con una actuación torpe y burocrática.
  • En cuanto a la misión y el futuro de la operación, creo que no cabe el optimismo. El presidente de EEUU, Barack Obama, ha dicho lo siguiente sobre la coalición: “nuestro objetivo es claro, nuestra causa es justa y nuestra coalición es fuerte”. Sin embargo, ¿cuál es exactamente el final deseado para la operación? ¿Cuál es la estrategia de salida? ¿Qué motivaría la retirada? Sin una visión más clara y homogénea de lo que supone el proceso actual, el resultado final no puede ser explicado de forma clara y homogénea. Y si bien el ímpetu de Sarkozy y la dialéctica de Obama han conseguido importante seguimiento internacional, quizá David Cameron ha sido el líder más claro a la hora de mirar más allá de la situación actual.

Mirando hacia el futuro, lo que ocurra al final de la crisis Libia cambiará muchas cosas. Los cambios en Túnez y Egipto fueron solamente el principio: otros países como Bahrein y Yemen también están viviendo importantes acontecimientos. Las democracias occidentales harían bien en proponer (no imponer) y ofrecer el mejor ejemplo posible de la democracia liberal como modelo abierto y de futuro. Por su importancia estratégica, Egipto merece especial atención.

Además, a consecuencia de la crisis libia, el rol de países emergentes como los BRICs ha vuelto a quedar en entredicho. Rusia y China se han abstenido en la Resolución 1973, mientras que India ha votado en contra. Además Brasil ha abierto un nuevo foco de conflicto, solicitando de manera prematura e injustificada el apoyo de EEUU para ocupar un asiento en el Consejo de Seguridad de la ONU. El balance de poder global no se equilibrará fácilmente si las viejas y nuevas potencias no encuentran mayores puntos de entendimiento.

En cuanto al rol de España, conviene subrayar dos tipos de conclusiones:

  • En el corto plazo, el gobierno ha olvidado su promesa de acudir al Congreso antes de autorizar cualquier tipo de acción militar. La decisión supone un mal precedente para el debate público. Además, en plena crisis de la deuda pública, el Consejo de Ministros se permitió el lujo de aprobar una contribución militar sin tope alguno de gasto. Finalmente, el gobierno no ha dado ninguna explicación a la ciudadanía del compromiso militar adquirido, por lo que los detalles técnicos solamente han sido discutidos en profundidad por la prensa.
  • A largo plazo, un cambio estructural en nuestra actitud internacional será necesario.  Por un lado, habrá que llamar a un mayor peso global. Por otro, habrá que pedir una política de comercio abierto y no de subsidio hacia nuestros vecinos africanos. Además, la retórica y la política exterior que Zapatero defiendió desde 2004 se ha derrumbado: mientras la Alianza de Civilizaciones proponía mantener un estatus pacífico con los gobiernos de Oriente Medio, la realidad ha evidenciado el derrumble de esos mismos regímenes, arruinando la lógica del “diálogo” dogmático, buenista y sin compromiso. Aquel proyecto legitimaba y equiparaba las democracias libres con regímenes que masacran a su propio pueblo, como en Libia, o que niegan su participación en la vida pública, como en Túnez, Egipto, etc.

Igualmente, Europa debe reflexionar sobre su presente y su futuro en el contexto de las Relaciones Internacionales. El rol de la Representante Europea para la Seguridad y los Asuntos Exteriores ha vuelto a caracterizarse por el bajo perfil, y los billones de euros enterrados en programas de “ayuda al desarollo” no han servido para mucho. Mientras tanto, las principales decisiones han sido tomadas de forma separada por Francia y Reino Unido y países como Italia han quedado en evidencia, con otros como Alemania optando por una postura ambigua.

La crisis libia también demuestra que es importante que la Liga Árabe empiece a asumir mayores responsabilidades en la región. Para Occidente, intervenir supone involucrarse en un conflicto que trasciende sus fronteras, algo que no puede sostenerse a largo plazo. Los países árabes tendrán que asumir progresivamente sus responsabilidades en la región, porque sus quejas sobre el intervencionismo occidental podrán ser justificadas en algunos casos, pero tampoco es coherente pedir ahora el tutelaje de esos mismos países cuya presencia en la región se denuncia de forma recurrente.

Finalmente, el rol de la opinión pública es siempre importante en actuaciones como la que estamos viviendo. En este sentido, tiene gracia escuchar la propaganda de los países agrupados en el ALBA. Por ejemplo, Evo Morales no acepta “que se violen los derechos humanos en Libia”, pero lo hace solamente en “condena, repudio y rechazo” a la intervención, sin observar nada criticable en los centenares de muertos que han dejado los bombardeos que ha autorizado Gaddafi sobre su propia población. Otro ejemplo, Fidel Castro y su crítica al “estúpido poderío” de la OTAN: el dirigente cubano dirige sus dardos a una organización que ni siquiera ha intervenido en el conflicto hasta la fecha, ya que las actuaciones han sido a título individual por parte de los países aliados en torno a Francia, EEUU y Reino Unido.

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