Aunque la propiedad privada es fundamental para el desarrollo de toda sociedad, no todas sus manifestaciones gozan de la misma aceptación. Un ejemplo del tipo de propiedad que algunos observan con desconfianza y sospecha es el de los territorios situados en áreas insulares, cuya compra, venta o alquiler resulta “frívola” a muchos observadores.
Un buen ejemplo de esta postura lo tuvimos el año pasado, cuando muchos medios de comunicación anunciaron con recelo que Grecia podría “vender sus islas” para salir de la crisis. En todo momento se presentó esta posibilidad como un escenario radical, incomprensible, fruto de una idea del capitalismo que parece asimilar la economía de mercado con una suerte de jungla irracional llena de excesos y avaricia. La noticia ha vuelto a la luz en 2012, y de nuevo el tratamiento es el mismo.
Quienes plantean así este debate olvidan que hay más de 200 islas desiertas que el gobierno griego retiene en propiedad pero que no tienen uso alguno. Del mismo modo que el Estado español atesora miles de edificios y fincas ociosas, los burócratas de Atenas también han negado a la ciudadanía griega la posibilidad de tener propiedades en estas superficies insulares.
En realidad, por mucho que se dibuje una nube sospechosa en torno al sector las “islas privadas”, la realidad es mucho más simple, ya que no hay ninguna diferencia entre ser propietario de una finca rural y ser el dueño de un terreno rodeado por agua. Ni siquiera estamos hablando de territorios en los que no haya ninguna ley ni restricción, ya que estas transacciones se desarrollan siempre de acuerdo con la legislación correspondiente.
Países como el Reino Unido, Brasil, Chile o incluso China permiten la compra, venta o alquiler de territorios insulares. Personalidades públicas como Bill Gates, Cristiano Ronaldo o John Lennon no han dudado en participar en un mercado cuyo principal agente mediador es Farhad Vladi, un emprendedor conocido como el “mercader de las islas” que empezó a trabajar en este sector hace más de treinta años.


Su empresa vende propiedades insulares para todos los bolsillos: desde una isla en Tonga que cuesta 175,000 euros a una isla de Bahamas valorada en más de 11 millones. Además, también cabe alquilar estas propiedades durante varias noches, semanas, meses…
Por lo tanto, por mucho que los enemigos del mercado y la propiedad siempre intenten contaminar cualquier información sobre este sector con su histeria habitual, lo cierto es que la compra-venta de territorios insulares es algo de lo más normal. Hablamos, pues, de un mercado que crea empleo y riqueza al tiempo que ayuda a preservar las islas como solamente un propietario puede hacer.
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